miércoles, 23 de marzo de 2016

Purim: un llamado a la alegría y a la reflexión

La festividad de Purim, que comienza esta semana, nos vuelve a acoger con el siempre vigente llamado del libro de Ester a la alegría y a la reflexión.
A la alegría, porque el pueblo judío festeja todos los años, sin interrupción, incluso en los momentos más trágicos, el haber escapado de un destino trágico mediante la frustración de un plan político de exterminio antijudío, el del ministro persa Amán.

A la reflexión, porque la narración de la meguila nos habla del intento más antiguo y explícito del llamado al genocidio del pueblo judío, un intento que no ha perdido nunca su vigencia y que se renueva generación tras generación. El libro de Ester, que no menciona a Dios en ningún momento, se encarga así de mostrarnos que no se trata de un designio divino o de una teodicea por la cual –según versiones fanáticas y extremistas- pagaríamos nuestros pecados. Nótese que esta idea es idéntica y consustancial con el antisemitismo: así, al merecer el exterminio, somos culpables de haberlo padecido.

Los discursos delirantes de odio antisemita tienen consecuencias prácticas: oprimen no sólo al pueblo judío, sino a los pueblos cautivados e hipnotizados por ellos. El mejor y más triste ejemplo es Gaza: mientras que
los habitantes de la franja son oprimidos por el grupo terrorista fundamentalista Hamás, no pueden tener una vida digna ni salir debido a que Egipto e Israel bloquean las fronteras para proteger su seguridad.

Hamás educa con el odio a sus niños a Israel, pero ante los ojos “del mundo”, el principal culpable de la situación de los gazatíes no es Hamás ni Egipto, sino sólo y únicamente Israel. Escritores famosos como el fallecido José Saramago reprodujeron en sus bocas la misma maldición de Amán y de los eternos antisemitas de todos los tiempos: Israel no es una víctima, es un victimario que debe ser sacrificado. Así, Israel es calificado por muchos como “nazi”, y Gaza como un “campo de concentración”. Tal distorsión de la realidad y tal odio antijudío, compartido tanto por un intelectual ilustrado de un país desarrollado y laico, como por sanguinarios terroristas islámicos, nos recuerda que el antisemitismo sigue vivo como fuerza mítica.

Ello, por supuesto, no exime a Israel de obrar con cuidado e inteligencia dentro de las terribles limitaciones que impone el odio. Ejemplar es el libro de Ester que nos narra la cautela con que la reina judía avisa a su esposo de los planes de Amán, cautela que exige humildad y no soberbia.

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