miércoles, 6 de abril de 2016

¿Felicidad en medio de desigualdad y violencia?

 
Decir que vivimos tiempos difíciles es quizás una manera de subestimar la realidad. Porque hay pocos planos de esa realidad que muestren, hoy por hoy, una cara amable. La población en Israel se ha ido haciendo a la idea de que los atentados individuales -con cuchillos, con vehículos, aún con armas de fuego- pueden continuar, pero parecería que esta sociedad no termina de asociar esos atentados con el peso de la ocupación en los territorios. Y el apoyo militante a quienes exigen -y practican- soluciones de sangre a nuestros conflictos es ampliamente notorio y difundido, a pesar de que esas soluciones impliquen reproducir, paso por paso pero con los actores cambiados, lo que tanto condenamos como judíos.


En este ambiente no llama demasiado la atención que los pronunciamientos de la Corte Suprema de Justicia sean cuestionados y denostados una y otra vez, sea que se refieran a construcciones ilegales, a demoliciones de casas como castigos, a contratos de explotación de recursos naturales que perpetúan distorsiones contrarias al interés público, a criterios políticos en la financiación pública de actividades culturales. Tampoco llama demasiado la atención la forma en que se manejan los prejuicios y temores presentes en esta sociedad, donde las acusaciones de traición y de difamación de instituciones como el ejército encuentran un terreno fértil para movilizar -y manipular- a una fuerte proporción de la opinión pública. Y ni que hablar de la paulatina pero creciente censura a las formas de educar y de expresarse que no conforman las normas dictadas desde arriba.

Por ello no sorprende, mientras todo esto se desenvuelve a nuestro alrededor, la escasa difusión de los resultados actualizados del estudio World Happiness Report 2016, preparados y dados a conocer en marzo de este año por la Red de la Naciones Unidas para las Soluciones de un Desarrollo Sustentable (United Nations Sustainable Development Solutions Network), aunque no se trata de un documento oficial de las Naciones Unidas. En ese estudio, que abarca 157 países, Israel se ubica en el puesto No. 11, lo que lo sitúa entre los 20 países con mayor índice de felicidad. Vale la pena mencionar que el concepto de "felicidad" en ese estudio tiende a ser considerado crecientemente como una medida adecuada de progreso social y como el objetivo de las políticas públicas, más allá de la que la felicidad pueda ser vista como una legítima emoción humana. Siendo ello así, en un ambiente como el que se vive actualmente en el país, donde las tensiones sociales están tan agudizadas, parece cuesta arriba imaginar a la sociedad israelí demasiado feliz y contenta, y más aún si a ello se agrega la temperatura de las tensiones económicas.

En efecto, el manejo de la economía y sus impactos sobre el bienestar tampoco colabora demasiado para generar felicidad y contento. Veamos al respecto, a manera de ejemplo, cómo se reiteran los comentarios de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OECD por sus siglas en inglés) en relación con la problemática socio-económica en Israel. En enero de 2010, como parte de los estudios previos a la incorporación de Israel a la OECD, que se concretó en septiembre de ese año, esa organización preparó un estudio llamado "Revisiones de loa mercados de trabajo y de la política social; Israel". En ese estudio se señalaba que "Israel ha disfrutado de un fuerte crecimiento económico durante la última década, pero los beneficios de éste se han distribuido de manera desigual. Las tasas de pobreza son mayores que las de cualquier país de la OECD, lo que refleja las profundas divisiones sociales y económicas en la sociedad israelí. Por un lado, se encuentra la población general judía, con tasas de pobreza y de empleo similares a las de los países de la OECD. Por el otro, se encuentran los árabes y los judíos ultra ortodoxos -o haredim- que tienen familias grandes, resultados educacionales pobres y bajas tasas de ocupación. Como resultado de ello, poco más de la mitad de las familias árabes y haredim viven en la pobreza. Casi la mitad de los
niños que están entrando a la educación primaria en Israel provienen de uno de esos dos grupos, por lo cual se requieren profundos cambios de política para prevenir que futuras generaciones de árabes y de haredim queden marcadas por las desventajas que esos grupos poblacionales enfrentan hoy"
En febrero del año 2013, la OECD publicó un nuevo estudio, "Revisión de Desarrollos Recientes y Progresos en el Mercado de Trabajo y en la Política Social en Israel. Progresos Lentos hacia una Sociedad más Inclusiva", en el que se insistía en la misma temática: "Es poco realista esperar que desigualdades que están fuertemente arraigadas en Israel puedan superarse sólo en dos años, especialmente cuando requieren un esfuerzo sostenido por parte de un amplio rango de áreas de política. Sin embargo, la escala de las respuestas políticas de Israel hasta la fecha aparece como pequeña en relación con la enormidad de la tarea, y nuevos progresos dependerán de una inversión continua y expandida, en medidas efectivas contra la pobreza".

Finalmente, a comienzos del presente año, la OECD dio a conocer el Economic Survey of Israel 2016, donde se concluye que "La economía de Israel tiene fundamentos fuertes (refiriéndose a los indicadores macroeconómicos, nota del autor), pero el país necesita encarar la productividad, la desigualdad y la pobreza si quiere mejorar el bienestar y reducir las divisiones socio-económicas". Y en el texto del Informe se abunda: "Israel se caracteriza también por una alta pobreza y por grandes brechas, en muchas dimensiones materiales y no materiales del bienestar. Las tasas de ocupación laboral de hombres ultra ortodoxos (haredim) y de mujeres árabes israelíes se mantienen bajas. Los relativamente altos niveles de precios, debido a una débil competitividad, en particular en el sector de alimentos, imponen un costo mayor -en términos de estándares de vida- a los grupos económicamente desfavorecidos. La carga impositiva y el gasto público son bajos y la distribución del ingreso es limitada. A pesar de incrementos sustanciales en los últimos años, el gasto en educación por estudiante se mantiene bajo en relación con la mayor parte de los otros países de la OECD". 

Es decir, el crecimiento económico es un factor que está presente en la sociedad israelí y que ha permitido que el ingreso por habitante se haya ido acercando gradualmente al de los países más desarrollados. Pero los frutos de ese crecimiento económico, que pueden verse como la disponibilidad acrecentada de bienes y servicios en condiciones de mejorar el bienestar material de la población, no llegan en forma proporcional a esa población; es más, la desigual distribución del ingreso viene aumentando, y ese proceso de aumento en la inequidad distributiva se viene produciendo desde hace ya casi dos décadas, como lo muestra la evolución del coeficiente de Gini que se publica en los informes anuales del Seguro Nacional (Bituaj Leumí). 

Sería llover sobre mojado reiterar aquí las múltiples formas en que se manifiesta y se reproduce esa injusta distribución del ingreso, desde los criterios de fijación del salario mínimo y de su cumplimiento, hasta las brutales disparidades salariales existentes en los altos niveles empresariales, pasando por las concentraciones monopólicas presentes en el funcionamiento corporativo, así como la práctica de una política fiscal que defiende la baja de impuestos directos progresivos para luego predicar, en nombre de la disciplina fiscal, recortes en los gastos sociales.
Pero lo que se debe tener presente es que la inequidad distributiva no es inevitable ni inexorable; se trata de un proceso social construido a partir de decisiones de política que afectan diferencialmente a distintos grupos y que expresan, en último término, cuales grupos prevalecen sobre los demás. Y los cambios en los procesos sociales, así como los que se requieren con urgencia en el ámbito político, no se producen como una graciosa concesión de las fuerzas que están en el poder; se ganan en una lucha política real.
Cierto; vivimos tiempos difíciles, tanto en lo político como en lo económico y lo social, lo que equivale a decir en todas las dimensiones de lo humano. Y no constituyen el marco más adecuado para inspirar felicidad. Pero el amanecer siempre vuelve.

Fuente: www.aurora-israel.co.il 

No hay comentarios:

Publicar un comentario